martes, 6 de diciembre de 2011

El primer cazador marino poseía un privilegiado sistema de visión



Anomalocaris. Foto: KATRINA KENNY
El primer cazador marino, un artrópodo de más de un metro de longitud, perteneciente al género Anomalocaris que vivía a principios del Cámbrico (515 millones de años), exhibía unos ojos que han resultado ser los más complejos de la época e incluso mejores que los artrópodos actuales, según una investigación internacional en la que participa el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

La investigación, que será publicada en 'Nature', se ha realizado gracias al análisis de unos fósiles encontrados en el yacimiento paleontológico de Emu Bay Shale, en Isla Canguro (Australia). Así, se ha podido comprobar que la superficie ocular de Anomalocaris tenía forma de pera, en lugar de hemisférica, y su tamaño rondaba entre los dos y los tres centímetros. Además, este pariente lejano de los artrópodos poseía, como mínimo, 16.700 lentes hexagonales de hasta 110 micrómetros en cada ojo.

El investigador del Instituto de Geociencias del CSIC y coautor del artículo, Diego García-Bellido, ha explicado que "dado que la forma de sus ojos pedunculares es parecida a la de un chupachús, el fósil comprimido sólo muestra la mitad, por lo que se supone que el número total de lentes podría ascender hasta los 30.000".

El científico ha explicado que cada lente proporciona el equivalente a un píxel en una imagen digital, por lo que el nivel de resolución de este cazador marino es comparable al de los artrópodos con la vista más aguda de la actualidad, como, por ejemplo, las libélulas, que cuentan con unas 28.000 lentes.

La cifra es, a su vez, muy superior al de la mosca del vinagre (Drosophila melanogaster) y el cangrejo cacerola (Limulus), con entre 800 y 1.000 lentes en cada ojo.

Además, García-Bellido ha indicado que el Anomalocaris es el animal más grande descubierto en el Cámbrico, y por su desarrollado par de apéndices frontales cazadores, una boca circular armada de afiladas placas y su gran capacidad visual, se le atribuye un hábito depredador. "Sería el gran tiburón blanco de los mares de aquella época", ha apuntado García-Bellido.

Otra de las curiosidades halladas gracias a este fósil es que, a pesar de tener una agudeza visual mayor que la de cualquier artrópodo actual, el tamaño de las lentes y el ángulo estimado entre cada una de ellas sugiere que sus ojos no tenían una sensibilidad lumínica excepcional, sino similar a los artrópodos marinos diurnos actuales.

Desde el punto de vista evolutivo, Anomalocaris demuestra que este tipo de órganos visuales aparecieron y se desarrollaron muy temprano en la rama a la que pertenecen los artrópodos. Según García-Bellido, "se originaron antes que otras estructuras anatómicas características del grupo, como el exoesqueleto endurecido con quitina o los apéndices articulados en los diversos segmentos del cuerpo".

Para el científico del CSIC la presión de la selección natural "debió de ser muy fuerte para desarrollar y refinar el sentido de la vista". Tanto es así que algunos científicos sugieren que la visión fue uno de los motores que propulsaron la radiación animal durante el Cámbrico.

Durante este periodo, la Tierra sufrió una explosión de diversidad en la que aparecieron 25 de los 30 filos del reino animal que existen en la actualidad. La capacidad de formar esqueletos mineralizados entre algunas especies propició una carrera armamentística en el que las estrategias defensivas de las presas se fueron compensando con nuevas técnicas ofensivas de los depredadores. "Si un animal débil desarrollaba un caparazón duro, los cazadores debían armarse de dientes más potentes y apéndices especializados para romperlos", ha destacado García-Bellido.

EUROPA PRESS

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